¡Que encanto!

La suavidad del amor

Foto de Nadine Rupprecht en Unsplash

Veo su cuello ¡Que bonito! Es suave y huele a miel fresca. Desde mi escritorio la veo a través de la ventana. Ella tiene los anteojos en la mano, bien sentada, con la espalda recta y algunos flequillos dorados que  le caen perezosos por la suave pendiente. Está mirando fijamente la pantalla del computador. Concentrada, no se mueve.  y me doy cuenta que el perfil que contemplo es digno de una escultura: nariz perfecta, pequeña y bien formada,  la usa bien,  los sabores que prepara son dignos de un banquete del Rey sol,  ojos centrados,  verdes como  aguas someras de una paradisíaca isla del Caribe o del Egeo…

Lo del mar Egeo va mejor. Rezuma inteligencia, pareciera Hipatia. La imagino con un vestido mediterráneo de la época clásica, blanco, suelto, con solo un pequeño cinturón en el talle. ¡Le va muy bien! Y una diadema que resalte esa maravillosa cabellera dorada, segundo sol, grandiosa, que brota a borbotones de su cabecilla llena de inteligencia y amor. De sus prendas, fue su pelo el que más atrajo y me llevo a enamorarme. Recuerdo la primera vez que la vi. Justamente ese color, saliente entre la multitud, llamó mi atención. Ella caminaba lentamente, mirando con ojos inteligentes,  admirando y agradeciendo los escaparates de un mercado turco, donde todo allí estaba bien puesto: especies bien ordenadas,  aromas entremezcladas en una tormenta de sensaciones maravillosas, vendedores elegantes vestidos con hermosas prendas multicolores, de barbas bien cuidadas…  

De repente ella se voltea. Me mira fijamente. No se sonroja. Me suelta una hermosa sonrisa desde su escritorio. Sabe que la amo profundamente. Yo se lo mismo de ella. Agradezco que sea una mujer madura: sabe que el amor no es solamente mariposas en el estómago; es saber dar y recibir, saber tener paciencia y, sobre todo, saber que se es equipo en busca de llegar al final de la meta juntos. A veces pienso en ese último día: no sé si podría seguir sin ella.  

Se levanta y viene hacia mí, camina undulante. Está descalza. Veo sus hermosos pies pisando lentamente la caoba, sus dientes blancos iluminando una sonrisa cautivadora  que, dado el caso,  desarmaría en un instante a la Garde Impériale. Se sienta en mi regazo y me besa suavemente. Siento sus labios tenues y dulces. Bebo de su boca como si fuera maná. Me llena el alma. Percibo sus dedos tras mi cabeza; se mueven lentos, deleitosos ¡Qué mujer! La dejo ir lento. Lo que viene es un amor maduro,  no el ímpetu de otros años. Es el buen vino. Nos conocemos bien y ahora nos tomamos, como saboreando un Chateau Petrus , lentamente, disfrutando cada sorbo.

Me deja ver su cuello perfecto,  aderezado con perfume traído de alguna tierra exótica. Se suelta su sol. Sus rayos caen sobre mí y me llenan de un delicioso aroma. Me pierdo en el instante. Siento la eternidad efímera. Me mira fijamente. Me sumerjo en ella como en el mar. Me lleva con suaves olas. Veo su rostro pleno y doy gracias a la vida por tenerla a mi lado. Atraco en esos hermosos puertos que me miran fijamente. Volvemos a cruzarnos en un beso. Hundo mis manos en su enredadera perfumada. Mis dedos son zorrillos escondiéndose en la espesura, listos a saltar a una pradera multicolor. Nuestra respiración se agita. Siento el vaivén de lo invisible, el soplo tenue del verano, que refresca el instante a punto de suceder. Se sumerge en mí. Lentamente  se acerca y mordisquea mi oreja como leona probando presa. La sensación me llena de vida. Puedo vislumbrar tras el escote de su vestido sus bellos senos, suaves y firmes colinas, bellamente terminadas en esa magnifica punta, el color es bellísimo , como un pastel con una deliciosa fresa encima. Mi corazón palpita con fuerza. El de ella también. Siento su acelerado ritmo. Mi mano comienza a bajar desde el cielo y … de repente ¡un alarido! Como de alma en pena  clamando por regresar al cielo. Llora con fuerza. Nos toma un solo instante el comprender. Es nuestro retoño de amor ¡Llora duro! Como Apolo lamentando la pérdida de una de sus amantes. Nos miramos con dulzura y, sin decir palabra, nos reunimos alrededor de la cuna de nuestro adorado dios.

MAED

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