El día en que elegí la guerra

El como un sabio consejo lo evito

Foto de Hector Fabio Samora

Tengo 19 años, último año del colegio. Uno a esa edad cree que se las sabe todas y, lo peor de todo, es que uno genuinamente piensa eso. Durante mi adolescencia leí mucho sobre la guerra: Clausewitz, todos los libros que Time Life y Folio hicieron en conjunto sobre la segunda guerra mundial, el arte de la guerra de Sun Tzu, Tormentas de acero de Jünger entre otros. Durante un tiempo pensé que la guerra era gloriosa e irse a combatir por los ideales era la mejor manera de defenderlos (ahora pienso que matar a alguien es la manera mas estúpida posible de arreglar un conflicto). Mi país estaba en una guerra civil bastante fuerte, la guerrilla estuvo muy cerca de tomarse la capital del país, ellos atacaron una población que estaba a menos de media hora, eso fue unos años antes de mi graduación.

Cuando llego el día de mi grado había mucho conflicto en mi vida, ¡mucho!, mis papas se estaban separando con abogados y todo, en el colegio me sentía muy despistado, no sabia que hacer , no tenia novia , había fallado mi examen de karate para cinturón negro y estaba en una profunda depresión al ver que la guerra en mi país la peleaban los pobres. Nadie de mi colegio o de los otros colegios de estrato alto tenían interés en ir a pelearla de voluntarios, todos se salvaban, era una guerra civil no declarada, con la guerrilla mas vieja de Latinoamérica , que casi se toma la capital de país. Yo recuerdo oír las explosiones en mi casa… muy cerca a la capital se oía el ruido de las ametralladoras y las explosiones a lo lejos. Eso fue en el 94 , en plena adolescencia y en uno de los momentos en que mas leía sobre guerra: de las luchas desesperadas en las selvas fétidas de Borneo en la segunda guerra mundial o de la sangrienta batalla del Somme , Little Bighorn, el Alamo , Passchendaele en la primera guerra mundial y el día D…. Me daba muy duro ver la indiferencia de mi sociedad a todo lo que no pasaba y a nadie parecía importarle. No era un tema de conversación recurrente en mi circulo social, prácticamente nadie lo hablaba. Eso me hizo recordar la guerra de Vietnam, donde EE.UU en un momento ponía los muertos y los “Saigon cowboys” disfrutaban de los placeres de su ciudad ayudados por una corrupción generalizada en el ARVN.

Yo decidí que me iba a combatir, no a prestar servicio para ir después a la provincia del Sinaí en el Golfo Pérsico, donde los hijos de los privilegiados hacían su servicio militar después de hacer el entrenamiento básico , donde pasaban el tiempo vigilando la península para después visitar los numerosos países que están cerca en Europa o Asia — era la decisión que tenían que tomar. Yo no quería eso, quería combatir, hacer algo por mi país, enfrentar a esas personas que pensaban de una manera tan diferente a mí. Había leído el cómo los comunistas habían asesinado al zar de esa manera tan macabra, la matanza en Checoeslovaquia, la represión a las aldeas indiferentes al comunismo y dentro del mismo comunismo, el constate control de la población. Además, yo había sido educado en una familia muy conservadora, donde los valores democráticos eran muy importantes así como también las ideas liberales, donde todos podía pensar y decir lo que quisiera; yo respetaba esos ideales y ver a mis padres en medio de ese conflicto tan amargo de su separación me desesperaba, el colegio se acababa y era hora de hacer algo definitivo, ir a la guerra lo era lo era todo para mí…

Al ser adolecente uno es terco, muy terco y eso es lo usual en esa época. Aunque se acabe la adolescencia a los 20, uno nunca termina de volverse un hombre completo; eso (desde mi punto de vista actual ) es algo que nunca se logra. El verdadero hombre adulto nunca para de aprender sobre la vida y de sí mismo. Un adulto no es alguien que tiene esposa, casa e hijos; es alguien que sabe sus limites, que agradece mucho lo que tiene y el amor que lo rodea, que lo respeta, que sabe del concepto de empatía, que sabe tener paciencia y que sabe respetar ideas diferentes así sean completamente contrarias a las propias. Un adulto sabe que todas las personas luchan en el día a día y que nadie sabe con claridad para que estamos acá; por eso es calmado y sabe oír a los demás y se oye así mismo y siempre esta buscando la plena conciencia, el tener proporcionalidad en su vida, balance, equilibrio.

En la adolescencia uno no entiende ese concepto: lo único en que uno piensa es en extremos, en bien o mal, divertido o aburrido, bonita o fea, ser cool o nerd , famoso o rechazado… no hay intermedios y estos son mal vistos.

Yo pensaba igual. Así que ir a la guerra, ir a hacer valer mis principios por medio de la violencia y de balas puntiagudas, disparadas con un fusil o una ametralladora, segar vidas, quemar casas, patrullar selvas infectas, ver morir a mis amigos en combate, dormir mal, dormir en el fango, alcoholizarse , tener síndrome de stress postraumático en una guerra que a nadie le importaba… Sí, a eso iba con toda la seguridad de mis 19 años recién cumplidos .

Eso fue hasta que decidí comunicarle mi decisión a mis papas, a ellos que también estaban en plena guerra de separarse. Al primero a quien le comete mi decisión fue a mi papá. Me acuerdo que hablamos en lo que era el cuarto de juegos en el apartamento de mi niñez. Me senté con él y punto por punto le expliqué el por qué me iba a la guerra: porque a nuestra clase social no le importaba, porque era una guerra donde solo los pobres combatían, una guerra que casi llega a nuestra casa en el 94 , que era hora de hacer algo… Mi padre me miro con atención — él es un filósofo, también un ingeniero industrial a quien le gusta mucho la administración, y me dice serio: Con matar a alguien que piensa diferente a ti, logras generar mucho dolor a la familia de ese guerrillero muerto, si tu creas una empresa que le da trabajo a ese guerrillero y le das un trabajo digno y bien pago, le das mucha felicidad a él y su familia. Cual crees que es la mejor opción? 
La simpleza del argumento me dejo atónito… realmente no sabía que pensar a los 19 años, no estaba preparado para ese tipo de razonamiento, pero si poseía un pequeño ápice de humildad para ver la experiencia de mi padre que ponían ante mis ojos.

No le dije nada, tenía que pensar en esto profundamente: para mi eran las banderas ondeando con el viento, las marchas militares y las medallas, el erotismo del combate… puro pensamiento de 19 años. A lo largo de la historia siempre ha existido eso: en la primera guerra mundial, en la segunda, en Vietnam, en Afganistán (EE.UU y URSS) , en la guerra franco prusiana, en las napoleónicas…en fin, no era el primero en sentirlo , pero si la PRIMERA vez en experimentar ese sentimiento en mi vida.

Después de una profunda reflexión me di cuenta de que mi padre tenía razón: la guerra no era una aventura de niños, es una experiencia que podía crear mucho dolor, tanto por mi mano como por mano ajena en caso de resultar un herido o un muerto en el campo de batalla. Ya estaba decidido… no quería ejercer la violencia. Una de las enseñanzas que me dejo el karate es que solo se usa para defenderse y para hacer amigos.

Ahora venía el asunto de la lotería en el ejército…En mi país de finales de la década de los 90 teóricamente todos los hombres aptos tenían que ir a prestar servicio militar. Generalmente hacían una reunión masiva en un colegio público para hacer una lotería. Yo pertenecía a un colegio privado en una zona donde solo existían colegios públicos. Según los reglamentos del ejercito, esta reunión era para eximir a los dos mejores estudiantes que tuviesen lo mejores resultados de los examen estatales de cada colegio y para los demás hacer la lotería de cuando irse, si a finales de año, a principios de próximo o a mediados del año siguiente…

La noche anterior a esa reunión no pude dormir. Recuerdo que me quede en la finca de un amigo: los papás de él no estaban y me quede despierto toda la noche. La película que recuerdo haber visto fue la del asesinato de JFK protagonizada por Kevin Costner. La teoría de la misma me dejo atónito. Mis pensamientos fluían entre mi deber y el ver el cómo la justicia buscaba resolver un asesinato que conmocionó a todo un país. Aún dudaba si irme de voluntario.

Llegamos a las 7:00 de la mañana al auditorio, vimos el proceso con tedio durante 6 horas. Pensando que el sorteo era por orden alfabético ¡oh sorpresa! pasaron nuestra letra y no nos llamaron. Tuvimos que esperar hasta las 1400. Éramos los últimos y muchos estábamos con hambre. Cerraron las puertas y quedó solamente mi promoción. 
El coronel nos dijo que por ser de el colegio G… iban a rescatar una “antigua tradición”, el sorteo para saber quien se iba a prestar servicio y quien se salvaba… balota azul se va, la amarilla se salva de ir. Yo en ese punto consideré que era un desastre esto, el cómo por ser de un colegio privilegiado nos daban la oportunidad de salvarnos de estar en la milicia. Y fue en ese punto cuando decidí no ir: matar a alguien no iba a ayudar a remediar la corrupción de mi propio ejército. No quería ir a un lugar donde existía lo mismo que en mi sociedad: estratificación. Nos pusieron a hacer fila. Yo no había dormido en mas de 24 horas, estaba en octavo o noveno lugar. Recuerdo que el primero se salvó y los siguientes a mi sacaron azul … Yo mientras tanto avanzaba y me concentraba. Le decía a mi brazo izquierdo: amarilla, amarilla, amarilla, mientras me lo tocaba con el derecho… Cuando llegó mi momento, metí la mano sin dudarlo y cogí la primera balota que pude, extendí mi brazo hacía arriba y mire la balota desde abajo… ¡amarilla! Parecía una escena de una película: la balota en lo alto, en la máxima extensión posible de mi brazo, y yo mirándola como si fuera el sol de la esperanza después de una noche terrorífica. Fue un momento que no duró más de un segundo, pero que pude ver y sentir como si durara una década… En ese momento salí corriendo gritando ¡amarillo! ¡amarillo!, agradeciendo mucho no haberme ido al ejército. Sin querer le pegué al coronel en mi emoción y vi sus ojos de furia al saber que no iba a poder desquitarse conmigo en la milicia… Me alegré mucho de no ir.

Foto de Will Porada en Unsplash

Al final, mi amigo me dio dos tees de golf, uno amarillo y otro azul, para recordar el evento. A él le salió azul. Y después de los tres meses de entrenamiento básico se fue al Sinaí a disfrutar de uno de los mejores momentos de su juventud.

MAED


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